el efecto 'bolsa de gatos', diría mi amiga la temible, es intermitente y todavía tiene recovecos: un día es acá, otro allá; anoche había kickboxing detrás del ombligo, pero esta mañana se aloja del sector derecho
se ve que el monoambiente es aún espacioso
10.8.11
pasan los días como se deshoja esa margarita que es un almanaque de esos que ya no están en la casa de mi abuelo
(como entonces, espero la delgadez de diciembre, su calor y sus dones)
el tiempo pasa lento pero en realidad es implacable como siempre aunque yo todo lo veo a través del cristal de una sonrisa
el pequeño compañerito nada y salta
pero sólo a veces
cada vez menos pequeño
como todos
Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o de los asirio-babilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra.
(Léxico familiar, Natalia Guinzburg)
me emociono y dejo dos lágrimas en el colectivo. pienso en las navidades y en los abuelos. recorro vagamente sus cuentos y sus modos de traer gente que no sé quién es, lugares y tiempos remotos que ya no podrán ser sino relatos. después me pregunto si nosotros mismos estaremos haciendo historia
anoche, casi estrenando nuestro zapping nacanpop, encontramos justito justito empezando Si muero antes de despertar.
si bien algunas cosas relativas a las representaciones de género son tan almidonadas como los guardapolvos de los niños que la protagonizan, se trata de un películón muy recomendable realizado en 1952 por Carlos Hugo Christensen.
el cuidado de los planos, de los detalles de la composición y los gestos de los actores sustentan una narración ajustada y obsesiva que lleva el suspenso al borde de lo tolerable.
creo que la vi por primera vez a los siete años, en una siesta por atc, una siesta de mi madre, claro... recuerdo haber tenido problemas para dormir. a la distancia creía que ese inquieto insomnio era fruto de mi niñez, pero anoche corroboré lo inquietante de esta puesta basada en un cuento de William Irish.
que este único fragmento onírico sirva de recomendación.